Vivimos instalados en la crisis
En estos tiempos extraordinarios, resulta fundamental reflexionar sobre el mundo que habitamos, la naturaleza del ser humano y la manera en que se están gestionando los enormes retos y oportunidades que se presentan. La velocidad del cambio genera crisis constantes y, por ello, la sociedad parece haberse instalado en una situación de crisis permanente.
La crisis ha dejado de ser algo excepcional para convertirse en parte de la normalidad. Los ciclos son cada vez más cortos y profundos: crisis financieras y económicas; la pandemia de COVID-19, que llevó a replantear quiénes somos y qué queremos hacer; y, ahora, la aceleración tecnológica, con la Inteligencia Artificial como protagonista.
Emociones del Paleolítico, tecnología de dioses
Una frase del biólogo Edward O. Wilson resume esta paradoja: “Tenemos emociones del Paleolítico, instituciones medievales y tecnología de dioses”. Esta idea funciona como punto de partida para reflexionar sobre las contradicciones del presente.
La humanidad vive una época fascinante, pero también profundamente desafiante. Nunca una generación de jóvenes había enfrentado tantos problemas relacionados con la salud mental. Lo que antes se consideraba una de las etapas de mayor satisfacción vital es hoy, para muchas personas, una de las más complejas. El modelo de sociedad y una visión despiadada del capitalismo pueden alejar a las personas de la felicidad.
Se atraviesa un proceso de dislocación de instituciones, ideas, cadenas globales de producción e incluso de la continuidad entre generaciones. Los jóvenes viven realidades sobre las que las generaciones anteriores difícilmente pueden aconsejarlos, porque nunca las experimentaron.
Un tiempo de reinvención y ciudadanía activa
Aun con sus dificultades, este momento representa una oportunidad para la reinvención: permite replantear escenarios y preguntarse qué enseñar y cómo hacerlo.
La idea central es clara: la humanidad vive en el siglo XXI con un cerebro del Paleolítico, mientras enfrenta un tsunami tecnológico que transforma su lugar en el mundo. Las personas ya no son necesariamente las más inteligentes ni las más productivas frente a las nuevas tecnologías.
El reto consiste en aceptar que nadie vendrá a resolver por completo estos desafíos. La ciudadanía deberá proponer respuestas y participar activamente en la construcción del futuro. Lejos de ser una condena, esta realidad constituye una oportunidad extraordinaria para aportar, asumir responsabilidades y reinventarse como humanidad.