El hábito sí hace al monje

Septiembre 15 / 2020

Hugo Cuesta Leaño

Hugo Cuesta Leaño

Septiembre 15 / 2020

De hábitos y rutinas

 

La canción “Selling England by the pound” del legendario grupo de rock Genesis nos canta: “Somos lo que comemos… comamos bien,  somos lo que vestimos… vistamos bien”. A pesar de que me declaro fan de este gran grupo, prefiero la definición de Aristóteles que nos dice que: “Somos lo que hacemos repetidamente”.

La repetición de nuestros actos se convierte en hábitos y -como dice Gandhi- estos a su vez en nuestro carácter.

En su libro “El poder del hábito”, Charles Duhigg, nos explica por qué hacemos lo que hacemos en la vida y en los negocios, y que los hábitos se forman como nodos físicos en nuestras redes neuronales. Aclara que, en términos biológicos, un hábito es un camino neuronal reforzado: una vía rápida de nuestro cerebro hacia nuestros actos y decisiones. 

Por naturaleza las personas somos “seres de hábitos” y estos, junto con nuestras costumbres y algunos rituales que alimentamos a diario, van tejiendo la rutina de nuestra vida de forma tal, que nos pueden llevar a poner en piloto automático y, sin darnos cuenta, vivir en “modo avión

 

La ceguera de taller

 

La repetición incesante de actos, experiencias e imágenes familiares ante nuestros ojos, no solo construye nuestros hábitos, sino que puede crear una película invisible en nuestra mirada –a la que llamamos “ceguera de taller”- que nos imposibilita a percibir lo evidente. 

Hoy más que nunca, como empresarios, sabemos que nuestro “taller” requiere una renovación urgente para adaptarse a los signos y retos de los tiempos. Y que nuestra empresa no puede transitar la turbulencia del COVID-19 con el piloto automático encendido, como lo hacemos al volar en “clear blue skies”.  

Apagar el piloto automático implica violentar o sacudir esas redes neuronales que tejen nuestros hábitos y cuestionarnos: ¿Por qué hacemos lo que hacemos de esta forma y no de otra? ¿Existirá otra mejor? ¿Esto que he venido haciendo por años, es adecuado ante los retos actuales?

Hoy el “business as usual” tiene una acepción totalmente distinta porque el “usual” de ayer es diferente al de hoy, y seguramente lo será al de mañana. De ahí la importancia de mantener la visión y creatividad a flor de piel “updated”, y no caer en la rutina. 

Para esto es necesario analizar cómo transcurren nuestros días. Amanece, despertamos, nos lavamos la cara, revisamos el celular (para confirmar que el mundo no haya colapsado mientras dormíamos), tal vez digamos una oración, murmuramos un “buenos días”, y preparamos el café como todo el ánimo para hacer frente a nuestra “to do list” que ya nos espera impaciente. En tiempos normales nos trasladamos a la oficina, al llegar compartimos una sonrisa escueta, nos instalamos ante la pantalla, y nos preparamos para enfrentar otro día igual al de ayer, y probablemente muy similar al de mañana. Para vivir otro día de más de lo mismo. 

 

¿Cómo romper la rutina?

 

Es necesario percatarse del poder letal de la rutina para reconocer sus nefastos efectos en nuestra vida.  Si la rutina es la consecuencia de hacer siempre lo mismo, para romperla es necesario aventurarnos en la tarea -nada fácil- de intentar mirar la vida con ojos nuevos y reconquistar el entusiasmo por vivir

Miguel Angel Martí García nos dice que: “Para que la vida no se diluya en la rutina, exige estar presidida por un antídoto que impida ver siempre lo mismo. Y continúa con su habitual profundidad y finura de pluma: “El alma, al igual que el cuerpo, puede atrofiarse, perder agilidad y disminuir su vibración cuando se entrega a la rutina”.

“Renovarse o morir”, es un trillado refrán que hemos escuchado hasta el cansancio, pero que esconde un secreto mucho más profundo detrás de su mensaje. 

En la batalla por renovarnos nos jugamos mucho. De no ganarla, la uniformidad y aburrimiento puede arrasar con todo lo que miramos vaciándolo de significado y entusiasmo. 

Conozco a muchas personas que viajan, o “cambian de aires” para romper la rutina, pretendiendo así, mirar su entorno con ojos nuevos. Para ellos tengo una mala noticia, parafraseando a Esquirol, quien en su libro: “El respeto a la mirada atenta”, nos dice que: “Quien no sea capaz de descubrir lo bello y lo sorprendente en sus entornos habituales, tampoco será capaz de vislumbrarlo en lejanas tierras”. O como decía Emma Godoy: “Los viajes ilustran -al ilustrado-”.

 

El hombre masa

 

Si la rutina es hija de nuestros hábitos, me parece oportuno lanzar desde este espacio una invitación a revisar aquellos que tejen nuestros días.

Con el riesgo de sonar simplista, los hábitos buenos son los que se alimentan de la repetición de actos positivos. Aquellos que están alineados con nuestro proyecto de vida -con nuestra misión-, y nos acercan a la persona a la que aspiramos a convertirnos. Los llamamos virtudes, y son estos los que debemos alimentar y fortalecer, ya que nos conducen a la trascendencia y plenitud. y por tanto a la felicidad. 

Por exclusión, los hábitos malos son todo lo contrario. A esos los llamamos vicios y son los circuitos neuronales que debemos romper -con gran esfuerzo y constancia-,  a base de substituirlos por hábitos buenos.

Otro riesgo importante de la rutina, es que -sin darnos cuenta- podemos despersonalizarnos a tal punto, que al abandonarnos a los dictados de las modas, que van mucho más allá del vestir, nos entreguemos irremediablemente al mimetismo social que nos imponen los medios de comunicación. Esto puede llevarnos a una renuncia inconsciente de nuestra preciosa individualidad y a traicionar nuestra propia esencia -que nos hace ser quienes somos y no una persona diferente-. 

El mimetismo social, en cuyo río nadan de “muertito” millones de personas en el mundo, desemboca necesariamente en “el hombre masa” del que nos habla Ortega y Gasset.

Si la repetición de actos construye nuestros hábitos, habrá que revisar el tipo de vida que con ellos estamos construyendo, ya que como nos recuerda García Martí: “La rutina genera hábitos de conducta empobrecedores, sembrados de obviedades, lugares comunes, repeticiones innecesarias que anulan la creatividad necesaria para redescubrir lo que ya nos es excesivamente familiar. Mantener el corazón alegre es el gran secreto para disipar los nublados del alma”.

Me parece que después de esta reflexión, solo añadiría una máxima de Albert Einstein: “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”.

[Lee también: Carta al empresario]

Septiembre 15 / 2020

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