En la cripta de la catedral de Wawel, en Cracovia, frente al altar donde un joven sacerdote llamado Karol Wojtyła celebró su primera Misa, vi a uno de los participantes de nuestro grupo —un hombre de decisiones rápidas, acostumbrado a las juntas de consejo y a los números en rojo o en negro— quedarse callado más de lo habitual concentrado en el altar. Al salir me dijo: “Llevo treinta años dirigiendo empresas y nunca había sentido algo así.” Esa frase, dicha casi en voz baja, resume mejor que cualquier itinerario lo que fue nuestro viaje mariano de mayo: no íbamos de turistas, íbamos de peregrinos.
Éramos más de treinta: egresados, profesores y directivos del IPADE, participantes del curso “Tres Europas y una Reina” que se imparte en el IPADE, además de cónyuges y amigos que se sumaron al grupo —gente acostumbrada, en su mayoría, a medir resultados. Y sin embargo el objetivo de este viaje no se medía en ROI ni en satisfacción del cliente. El propósito era otro, y lo dijimos desde el primer día: no íbamos a hacer turismo religioso, íbamos a acercarnos a María, y a través de ella, a Dios y a su Iglesia.
Nos acompañó, además, un sacerdote que celebraba Misa todos los días, sin falta, fuera cual fuera el santuario, la ciudad o el cansancio del grupo. En cada homilía insistía en lo mismo: que no éramos turistas, que viajábamos como peregrinos. Esa Misa diaria —breve, sencilla, nunca improvisada— terminó siendo el verdadero centro del itinerario: el momento que le daba sentido a todo lo demás.
Tres Europas y una Reina
Este viaje de peregrinos no nació de la nada: fue la respuesta a peticiones surgidas después de varias ediciones del curso “Tres Europas y una Reina”, programa académico y cultural del área de Formación Integral del IPADE, diseñado para explorar las raíces, el arte y la devoción mariana en los ámbitos latino, germánico y eslavo de Europa. Va, además, en plena consonancia con la misión del IPADE: “Formar líderes con visión global, responsabilidad social y sentido cristiano, capaces de transformar a las organizaciones y la sociedad”(siguiendo la inspiración de San Josemaría Escrivá).
Llamamos así a la ruta porque cruzamos geografías muy distintas —Polonia, República Checa, Austria, Croacia, Bosnia y, al final, Italia— pero todas convergían en una sola figura: la Virgen.
Empezamos en Jasna Góra, ante la Virgen Negra de Częstochowa, la imagen que durante siglos ha sido el corazón espiritual de Polonia. De ahí saltamos a Wadowice, tierra donde nació y creció Karol Wojtyła, y a Cracovia, su sede como obispo antes de partir a Roma para convertirse en Juan Pablo II. Ahí se ordenó sacerdote; ahí celebró su primera Misa.
Pocas biografías son tan duras como la suya: perdió a su madre siendo niño (tenía 9 años), después a su hermano mayor, y más tarde a su padre, quedando huérfano antes de cumplir veinte años —todo esto mientras crecía en una Polonia ocupada primero por los nazis y después por el imperio soviético. Y sin embargo, ahí está lo extraordinario: supo sobreponerse con fe y con alegría, dar ejemplo a varias generaciones, y terminar cambiando al mundo. Caminar esas calles fue caminar, literalmente, los años de formación de ese Papa que cambió el siglo XX.
Seguimos a Velehrad, en República Checa, y a la abadía de Heiligenkreuz, uno de los monasterios cistercienses más antiguos del mundo en funcionamiento ininterrumpido desde 1133. Casi nueve siglos de monjes rezando en el mismo lugar: ahí entiende uno, sin necesidad de explicaciones, qué significa la palabra “perseverancia”. Después, Mariazell, santuario de la patrona de Austria, y Medjugorje, lugar de peregrinación que desde 1981 atrae a millones por las apariciones marianas a seis niños. Es apenas un pueblo pequeño, pero ahí se respira un ambiente de amor a la Virgen que, sin que nadie lo busque, termina impregnando a todo el que llega —y a nosotros nos impregnó por completo.
Cerramos en Roma, recorriendo las cuatro basílicas papales, con una mención especial para Santa María la Mayor, la gran basílica dedicada a la Virgen en el corazón de la cristiandad.
Lo que el viaje dejó
Karol Wojtyła resumió su propia espiritualidad mariana en dos palabras latinas que adoptó como lema al ser elegido Papa: Totus Tuus, “todo tuyo”, dirigidas a María. Después de dos semanas siguiendo sus pasos —de Katowice a Cracovia, de Cracovia a Roma— entendí esa frase de otra manera: ya no como cita de catecismo, sino como descripción exacta de lo que le pasa a un grupo de personas cuando deja, aunque sea por unos días, sus actividades habituales y se concentran en un objetivo elevado.
Porque eso fue lo que vimos: gente que sabe tomar decisiones, aprendiendo a entregarse. Profesores acostumbrados a enseñar, aprendiendo a escuchar. Empresarios que llegaron con la agenda mental llena de pendientes, y que regresaron con un propósito mucho más simple: rezar el rosario en familia, no faltar a Misa los domingos, volver a confesarse.
No fue casualidad ni efecto del cansancio del viaje. Fue, estoy convencido, el resultado de poner a un grupo de personas inteligentes y exigentes frente a la belleza, la historia y la fe encarnadas en piedra, en ícono y en oración compartida. La planeación estratégica —tema que enseño desde hace cuarenta años— sirve para construir empresas. Pero hay viajes que sirven para algo más alto: recordarnos que la vida espiritual también necesita ruta, intención y comunidad.
Y de esa combinación —fe renovada, comunidad fortalecida, conciencia despierta— nace el compromiso. Estoy convencido de que quienes hicieron este viaje regresaron no solo con recuerdos y fotografías, sino con una disposición más honda a ir transformando, con esperanza y desde sus propios ámbitos, la sociedad en que vivimos. Algo que, dicho sea de paso, está en el corazón mismo de la misión del IPADE(que ya coomentábamos, y que repito: “Formar líderes con visión global, responsabilidad social y sentido cristiano, capaces de transformar a las organizaciones y la sociedad, siguiendo la inspiración de San Josemaría Escrivá”. El viaje, en ese sentido, no fue un paréntesis en la vida profesional de los asistentes: fue un recordatorio de para qué sirve esa vida profesional.
Regresamos los treinta y tantos peregrinos distintos de como salimos. No mejores administradores, sino —me atrevo a decirlo— mejores hijos de una Madre que, como toda buena reina, no gobierna desde lejos: camina al lado de los suyos.
La fe no se improvisa: se visita, se camina y, si hay suerte, se contagia.
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