En un Consejo de administración, el mayor desafío no es técnico, sino humano. En los boards convergen poder, dinero y rumbo, pero también pasiones, intereses y egos.
Ese espacio se convierte en terreno fértil para la deliberación, pero también para el conflicto. Por ello, la colegialidad no es solo un método: es una necesidad moral. Implica moderar el ego, contener el deseo de imponer la propia voluntad y buscar, de manera conjunta, lo justo y lo eficaz.
No es sencillo. Surgen tres frentes de batalla propios de la condición humana:
• El frente de los sentimientos, donde aparecen la ira y los temores.
• El frente económico, que refleja cómo cada miembro se relaciona con los bienes de la empresa.
• El frente de las ideas, donde los combates más intensos nacen del deseo de imponer la propia visión.
Los males de altura: el ego que erosiona la magnanimidad
En las alturas del poder emergen los llamados males de altura: vanidad, ambición, presunción y pusilanimidad. Son vicios que deforman la magnanimidad, esa grandeza de ánimo necesaria para perseguir metas elevadas y el bien común.
Estos males llevan a querer brillar más que construir, a imponer la razón más que servir a la verdad y a confundir la opinión personal con aquello que realmente es bueno para la organización.
La colegialidad exige humildad y apertura: pensar mejor con otros, escuchar, deliberar y corregirse. No basta con pensar bien; también es necesario estar dispuesto a renunciar al propio punto de vista.
El mejor Consejo no es el que decide más, sino el que se conoce mejor, escucha con mayor profundidad y toma decisiones que protegen la identidad y la sostenibilidad de la empresa.