Un examen de congruencia

Julio 15 / 2020

Hugo Cuesta Leaño

Hugo Cuesta Leaño

Julio 15 / 2020

En la Inglaterra de 1534, se exigió a todos los ciudadanos que prestasen juramento al Acta de Sucesión, en la que se reconocía como matrimonio la unión de Ana Bolena y Enrique VIII, quien se proclamaba jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra, negando al Papa toda autoridad.

 

Entre esos ciudadanos se encontraba Lord Canciller del Reino Tomás Moro (hoy Santo), quien -por contravenir con sus principios y creencias- se negó a firmar el acta, por lo que fue encarcelado y decapitado. Su postura estuvo tal vez inspirada en aquellas palabras lapidarias que dirigió San Juan Bautista a Herodes antes de ser igualmente decapitado: “no te es lícito tener por mujer a la esposa de tu hermano…”

 

La congruencia es la pasta con la que moldean su personalidad los hombres y mujeres íntegros, esos que se distinguen de los demás porque su forma de vivir es un reflejo de sus ideas, y que son fieles a su palabra. 

 

Aquellos que son flexibles en lo opinable pero firmes en lo fundamental y que su forma de actuar no se acomoda a las circunstancias ni a las modas. Son personas sin doblez, de una sola pieza. Hombres y mujeres sin precio. 

 

Por eso, no extrañaría que Santo Tomás, antes de estar dispuesto a dar la vida por sus principios, haya empezado por ser profundamente congruente con su familia y amigos; en el foro, en la cátedra, en la Corte, en las embajadas, en el Parlamento y en el Gobierno. De ahí que fue capaz de mantenerse firme en una situación extrema y llegar al patíbulo por sus creencias -acto supremo de congruencia-. 

 

La congruencia, como todas las virtudes, se fortalece con el músculo de los hábitos, que a su vez se logran por la repetición frecuente y constante de actos aparentemente pequeños en el día a día, hasta que se incorporan sutilmente a nuestra forma de ser.

 

Seguramente, la situación extrema que enfrentó Santo Tomás Moro en 1934, es muy distinta a las crisis que vivimos hoy en día. En particular a la crisis del COVID-19, y la llamo así, porque me parece que encaja claramente en la definición de crisis del reconocido psicólogo Karl Slaikeu (especialista en manejo de crisis), para quien una crisis es: “un estado temporal de trastorno y desorganización caracterizado por la incapacidad del individuo para manejar situaciones utilizando métodos acostumbrados para la solución de sus problemas”.

 

La crisis del COVID-19

 

El COVID-19 ha generado un estado de trastorno y desorganización que ha puesto al límite nuestra capacidad para manejar sus implicaciones. Pareciera incluso que los métodos que tradicionalmente utilizamos no son capaces de resolver los distintos aspectos de la problemática que esta crisis nos plantea. 

 

Me parece que es precisamente en las situaciones extremas, -en las crisis- en donde tenemos la oportunidad de conocer verdaderamente a las personas y de conocernos a nosotros mismos.

 

 “Si quieres conocer a Inés, viaja con ella un mes” reza un refrán popular, al que yo añadiría otra forma de conocimiento. Si quieres conocer a Inés, observa su reacción en una crisis. No rima, pero es igualmente útil para conocer a una persona.

 

Una de las consecuencias de la tensión, ansiedad y miedo que ha desatado el COVID-19, es que -como todas las situaciones extremas- saca de nosotros y de nuestras empresas lo que realmente somos. Nuestro verdadero yo. Ante las crisis no hay oportunidad de poner nuestra mejor cara y de hacer relaciones públicas. En estas circunstancias no se puede ocultar nada, ni defectos, ni debilidades, ni virtudes: reaccionamos, decidimos y actuamos como somos de verdad.

 

Las crisis no generan situaciones por sí mismas, pero si las acentúan; las exacerban. De ahí que no sorprende que una persona de por sí aprehensiva y nerviosa se encuentre en estas circunstancias prácticamente en un estado de shock

 

Ante las crisis se colapsan los recursos de las personas, y surge su verdadera personalidad. Se pone en juego la resiliencia. Las crisis transparentan lo que verdaderamente somos. 

 

Del papel a la cultura empresarial

 

Y como somos las personas quienes tomamos las decisiones en las empresas, pues resulta que las crisis también transparentan y “desnudan” a nuestras empresas. Podemos tener nuestras salas de juntas tapizadas con los textos de nuestra misión, visión y valores, pero ¡que fácil cumplirlas en épocas de bonanza! Es en la adversidad cuando se ponen a prueba nuestros verdaderos valores y creencias como empresarios. Y sobre todo nuestra congruencia.

 

Es fácil privilegiar a nuestros colaboradores en épocas de crecimiento, pero qué difícil es tomar la decisión de continuar pagándoles cuando ya se han acumulado varios meses de no llegar a las metas de ventas. 

 

También es fácil quejarse amargamente de la corrupción, pero no tan fácil dejar ir cuestionables asignaciones directas del Gobierno cuando vienen acompañadas de los “moches” correspondientes. Dejar pasar este tipo de “oportunidades” es uno de los precios a pagar por la congruencia. 

 

Cuántas veces hemos visto a empresarios reclamar airadamente a sus clientes por los retrasos en pagos, y al día siguiente instruir a su departamento de Finanzas aplazar lo más posible los pagos a proveedores. “Está dura la crisis…”, les dicen, para tratar de justificarse.

 

Estoy plenamente consciente de que en situaciones de crisis, la prioridad del empresario debe ser la de mantener la empresa viva, privilegiar el flujo y preservar la mayor cantidad de empleos posibles. Pero no a costa de traicionar sus principios fundacionales.  

 

Es en estas circunstancias cuando se pone a prueba el distintivo que otorgaron a nuestra compañía como: “Empresa socialmente responsable”. 

 

Una oportunidad de autoconocimiento

 

Por eso, creo que en una situación extrema como la que estamos viviendo, en medio de una pandemia, con una crisis económica, social y muy pronto política, debemos poner mucha atención en la forma como reaccionamos y actuamos para, de esta forma, conocernos como realmente somos. Es una gran oportunidad de saber qué tipo de empresario soy.

 

Reaccionar, decidir y actuar ante esta crisis, de manera consistente con nuestra forma de pensar y nuestros valores personales y empresariales, es fundamental para ser capaces de sostener la mirada ante el implacable espejo de la congruencia.  

 

Mantenernos congruentes nos hará aspirar legítimamente a lo que nos propone Mahatma Gandhi cuando dice: “La felicidad se alcanza cuando lo que uno piensa, lo que uno dice y lo que uno hace están en armonía”.

 

Al no ser congruentes, no solo ponemos en juego nuestra felicidad (asunto en sí mismo por demás relevante), sino también la definición de nuestra propia filosofía de vida, nuestra visión del mundo, nuestra propia identidad.

 

Esto queda confirmado con esta frase contundente que aprendí de mi padre y que no deja lugar a dudas: “El que no vive como piensa, terminará pensando como vive”.

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Julio 15 / 2020

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