Mindfulness en tiempos de Aristóteles

Agosto 04 / 2020

Luis Felipe Martí Borbolla

Profesor del área de Factor Humano

Luis Felipe Martí Borbolla

Profesor del área de Factor Humano

Agosto 04 / 2020

¿Se puede aprender a ser líder? ¿Qué tiene que ver el mindfulness con el bien común? Autores nuevos y muy antiguos aportan al tema de la práctica de las virtudes.

Daniel Goleman, psicólogo estadounidense, ampliamente conocido en el medio empresarial y del management por haber propagado el concepto de “inteligencia emocional”, dice en su libro bajo el mismo nombre que el autoconocimiento, la autodisciplina, la persistencia y la empatía tienen más importancia para la vida que el Coeficiente Intelectual. Afirma que ignorar estas competencias es un riesgo para nosotros.

En los años posteriores a esta publicación, el autor se dedicó a profundizar en los diferentes aspectos de la inteligencia emocional. Por ejemplo, ha difundido la idea de la “biología de la empatía”, basándose en ciertos estudios cerebrales recientes. Goleman asegura que, de ser bien entendida por quienes desean ser líderes, esta competencia puede mejorar considerablemente el desempeño de sus equipos de trabajo.

El fundamento biológico de la empatía parte del hecho de que nuestro comportamiento habitual crea y desarrolla redes neuronales, de manera que un líder puede modificar su comportamiento y el de los demás si dedica a ello el esfuerzo suficiente. Esto es una constante en los atletas olímpicos, quienes dedican horas de su tiempo a revisar mentalmente sus movimientos para reforzar las redes neuronales y volver más eficiente su desempeño.

Para Goleman, lo anterior es un signo de que no somos prisioneros de nuestros genes ni de nuestras experiencias en la infancia temprana, que algunos podrían considerar como definitorias en la formación del carácter.

 

Cuna no es destino

 

Sin duda alguna, los elementos genéticos proveen una base biológica de carácter que no es posible modificar de manera natural, así como las experiencias tempranas de la infancia marcan el subconsciente y determinan en cierto grado el comportamiento visible de los individuos. No obstante, lo anterior no significa que seamos rehenes del determinismo y no haya posibilidad de modificar el propio carácter.

Es conveniente recordar en este punto un aforismo que el doctor Carlos Llano solía repetir a sus alumnos: “no porque las cosas sean como son significa que deben seguir como han sido”. Es decir, por mucho que parezca que el estado actual de las cosas es definitivo, no hay ningún designio divino ni ley ontológica que dicte o fundamente esta creencia. 

Esta ilusión es especialmente potente en lo relativo al carácter, pues en efecto, con frecuencia parece que uno mismo es esclavo de su propia personalidad y que se cuenta con poco espacio para moldearla.

La propia persona es la única dotada con la capacidad de modificarse a sí misma, pero se constituye como juez y parte de su propio carácter. Parece entonces que salir de su propia subjetividad es una tarea imposible o al menos de dimensiones titánicas. Ante esto, los descubrimientos científicos relativos a la plasticidad cerebral y la capacidad de modificar las propias conexiones neuronales mediante la creación de hábitos y la reflexión nos demuestran que es efectivamente posible y viable moldear la propia personalidad y alcanzar el paradigma de comportamiento que se pretenda ejercer. 

Esta posibilidad había sido ya anunciada y promovida por Aristóteles en su Ética a Nicómaco, y está capturada en su conocida frase “somos lo que hacemos repetidamente”. Como se hizo evidente en anteriores colaboraciones, la formación de hábitos es una tarea esencial e indispensable para alcanzar el ideal de comportamiento que perseguimos individualmente.

En el caso del líder, ser capaz de identificar y velar por el bien común de su equipo, su empresa y su contexto es una tarea de talante ético que requiere de su parte un esfuerzo constante por crear varios hábitos: en primer lugar, el de la prudencia, una virtud intelectual a la que el filósofo se refirió como “sabiduría práctica”. 

El hombre prudente es aquel que sabe discernir en cada momento cuál es la vía de acción correcta, considerando todas las circunstancias, elementos e individuos involucrados en la situación.

En un primer momento, parecería que nuestro hombre prudente viviría eternamente recluido en la soledad, concentrado en la reflexión y rumia holística de una situación para poder tomar la decisión correcta. Pero la biología del comportamiento e incluso el mismo Aristóteles dicen otra cosa: mientras más se habitúa un individuo a actuar prudentemente, más rápido y eficiente será su ejercicio de la virtud. 

Quizás al inicio, un individuo que no es prudente deberá tomarse su tiempo y privarse de distracciones para evitar dejarse llevar por los impulsos y discernir la decisión más prudente pero, poco a poco, si se habitúa a este ejercicio, su ejecución será veloz e imperceptible para quienes le rodean.

El término griego original usado por Aristóteles para referir a esta virtud es phronesis, que pasó al latín como prudentia. El término latino deriva directamente en los vocablos en castellano e inglés usados tradicionalmente para referirse a la sabiduría práctica: prudencia y prudence. Sin embargo, recientemente se ha propuesto la traducción de phronesis al inglés con el término mindfulness, concepto que en español se ha expresado como “conciencia o atención plena”.

 

Mindfulness y el bien común

 

La idea de mindfulness ha ido ganando terreno en la literatura psicológica reciente y se han encontrado varias aplicaciones prácticas en el mundo del management y de las virtudes en años recientes. Se habla del mindfulness como aquella habilidad de prestar atención completa al momento presente para aprovechar la experiencia, sin dejarse llevar por preocupaciones y externalidades inconexas a la situación que se enfrenta.

Se pueden encontrar varios paralelos entre este concepto de relativo auge reciente y la milenaria phronesis aristotélica: en ambas se ejercita una cierta habilidad intelectual de deliberación (Aristóteles le llamaría proairesis) o meditación, que pretende reflexionar al respecto de los factores que influyen en uno mismo y las situaciones que se enfrentan para ser consciente y tomar decisiones correctas, con la intención de construir un comportamiento ético consistente. 

Las ventajas fisiológicas de este hábito no son pocas: el ejercicio tranquilo de la meditación y reflexión produce la disminución de cortisol y adrenalina en el cuerpo, facilitando la tarea de razonar y de las funciones mentales en general. De lo contrario, el estrés descontrolado genera varias reacciones químicas que impiden la práctica razonada y prudente de decisiones.

En el ámbito organizacional, el liderazgo suele definirse como una combinación de los siguientes tres elementos

  1. proceso de influencia interpersonal
  2. dirección en búsqueda de una meta compartida
  3. contexto de unidad social

El segundo punto de la lista de nuevo nos permite establecer una relación entre los aportes aristotélicos y el papel del liderazgo en la empresa, pues la meta compartida no es otra cosa que el bien común. 

En efecto, el líder debe ser capaz de comunicar a la totalidad de su equipo y la empresa que las metas particulares de cada colaborador, área o departamento están subordinadas a la meta global del bien común, cuyo cumplimiento incluye también los intereses particulares de todos los involucrados.

Con todo lo anterior, podemos concluir que el liderazgo es el ejercicio continuo de una virtud, el hábito ejercido continuamente por quien pretende alcanzar un comportamiento ético consistente con vistas al bien común. 

Al contrario del significado coloquial del concepto, nada tiene que ver con posiciones jerárquicas o de poder, ni con fenómenos mesurables cuantitativamente o estilos de relacionarse interpersonalmente. 

Sin duda alguna, los resultados positivos de alcanzar un liderazgo virtuoso serán en muchos casos de naturaleza material y mesurable, susceptibles de ser expresados numéricamente, ya sea refiriendo a finanzas o popularidad, entre otras; pero no debe olvidarse que el liderazgo real radica en un ejercicio virtuoso del comportamiento, que manifiesta un conocimiento profundo de la manera prudente de actuar en cada momento. 

A su vez, esta capacidad manifiesta hace del hombre prudente un ideal o paradigma de vida que lo constituye en el líder natural de quienes le rodean y que deciden acatar sus recomendaciones porque reconocen su visión orientada al bien común.

Al parecer, autores nuevos y antiguos coinciden en que la prudencia (entendida como sabiduría práctica) se puede ejercitar como un músculo y que ello puede resultar en un líder verdadero, capaz de guiar a los demás hacia el bien común.

 

Extracto adaptado de: Hacia un capitalismo humano y emprendedor.

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Agosto 04 / 2020

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