Las virtudes y el líder empresarial

Abril 16 / 2020

IPADE

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Abril 16 / 2020

 

Los seres humanos nacen con la capacidad de adquirir virtudes. Por su historia, el líder fundador de una empresa tiende a sumar muchas virtudes y a ejercerlas con intensidad, pero comunicarlas y transmitirlas es algo que reclama un nuevo acto de voluntad.

En la vida siempre hemos conocido gente que nos ha llamado la atención por sus características, su desempeño, su desarrollo y prestigio. Hay personas cuyo modelo de actuación queremos seguir; personajes de la historia que surgen como grandes ejemplos: estadistas, líderes políticos y religiosos, filósofos, maestros. Hay empresarios que dejan su huella en sus compañías, en sus familias y en las vidas de muchos a su alrededor.

Los seres humanos con ese efecto son poseedores de diversas virtudes, mismas que han conquistado y que los destacan entre los demás. Es posible que, dadas las circunstancias que les dieron origen, los empresarios de primera generación, los forjadores, sean poseedores de un cierto número de virtudes, mismas que les apoyan en su labor de crear empresa. Generalmente los que siguen desarrollándose como personas a lo largo del tiempo y los que logran transmitir virtudes a la siguiente generación, son los que permanecen por más tiempo en la memoria de las sociedades.

 

El patriarca

 

Antes de referirnos a las virtudes en particular, hay que nombrar algunas de las características que, casi sin excepción, se encuentran siempre en las personas que fundan un negocio, una empresa familiar: el patriarca o matriarca.

Uno de los aspectos básicos es, sin duda, la necesidad de abrirse futuro para sí mismo, éste es su punto de partida. Desde luego, hay aspectos multifactoriales que pueden llevar a una persona a buscar este camino independiente: el desempleo, una crisis económica, sucesos circunstanciales o incluso condiciones vividas desde la infancia. En todos los casos, el emprendedor siente que “algo” tiene que hacer. El tema del “hambre” puede entenderse de varias formas: puede ser subjetivo o incluso provenir de una gran necesidad: no haber tenido ni para comer.

Entre las características generalmente está su carácter visionario: se trata de un hombre o mujer que se proyecta hacia tratar de crear algo o de aprovechar una oportunidad. También es casi una regla que sea una persona con gran capacidad de trabajo, a quien no le importa destinarle 18 o 20 horas al día a su sueño. Se acuestan muy tarde y se levantan de madrugada. 

Por supuesto está el liderazgo. El empresario fundador sabe entusiasmar a otros con su proyecto; sabe atraer a quienes serán sus brazos fundamentales para cumplir con sus metas. También suelen tener esa gran inconformidad con su obra, con su entorno, con sus resultados inmediatos.

Habiendo descrito algunas características de la generación fundadora, se puede analizar si ello se relaciona con algunas de las llamadas virtudes cardinales. Los griegos, desde Platón, se refirieron un grupo de cuatro virtudes morales, –aquellas emanadas de lo humano– que eran la base de todas las demás: prudencia, fortaleza, templanza y justicia. Las mismas fueron retomadas por Santo Tomás en la Summa Theologica.

¿Cómo se pueden relacionar éstas con el temperamento empresarial? La Prudencia es una virtud del directivo, del empresario. Fundamentalmente tiene en él estas características: información, evaluación y decisión. Desde el punto de vista de la información, el empresario pide consejo, consulta, delibera, indaga para poder tener los elementos suficientes que le permitan dar un segundo paso.

La evaluación es el análisis sobre lo encontrado; separar lo que es válido y adecuado de lo contrario. El tercer aspecto se refiere a la capacidad de mando, al imperio: la decisión e implementación. En esto se encuentra básicamente la prudencia.

Otra virtud cardinal es la justicia. Los abogados tienen una definición de ella en el latín iustitia est constans en perpetua voluntas ius suum cuique tribuendi: justicia es la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo que le es debido.

El derecho tiene tres mandatos fundamentales que son parte de la justicia: vivir honestamente, no hacer daño a nadie y dar a cada quién lo que le corresponde. En la virtud de la justicia procura el empresario satisfacer y ser justo en el trato con las demás personas. 

Otra de las virtudes es la fortaleza: esa firmeza de ánimo, ese deseo de hacer frente a los peligros. Tiene dos grandes dimensiones: una de ellas es resistir y, otra de ellas, acometer. Una persona fuerte no sólo resiste la adversidad, los fracasos, sino que también acomete: busca salir adelante.

Otra virtud cardinal es la templanza: el uso moderado de los bienes. Normalmente el empresario de la primera generación sabe lo que implica ganar dinero y gastarlo. Por tanto, es muy mesurado en los gastos propios, personales. El uso moderado de los bienes no sólo se refiere a comer y beber, sino al uso de todos los bienes, no dejarse llevar por uno de ellos. Aunque normalmente es gente muy trabajadora y eso lo absorbe muchísimo.

De las cuatro virtudes cardinales, de acuerdo con esta corriente de pensamiento, se derivan prácticamente todas las virtudes humanas: amistad, alegría, amabilidad, afabilidad, austeridad, autocontrol, bondad, hasta sumar decenas de ellas. Santo Tomás de Aquino estudia 54 de ellas en la Summa Theologica, pero no pretende que sean todas. Ello implica que nadie las tiene todas, porque sería perfecto. De hecho, la lucha por adquirir las virtudes cardinales es constante, no termina. No se puede decir que alguien tuviera las cuatro virtudes cardinales y por ende todas las que de ellas se derivan; es imposible.

 

De los vicios y la posibilidad de mejorar

 

Dados sus orígenes, podemos decir que por lo menos algunas de las buenas virtudes cardinales están presentes en la generación fundadora. ¿Puede haber líderes viciosos? Ha sido el caso en empresarios, desde luego, aunque en estos casos podemos cuestionarnos si puede llamárseles líderes. Se trata de aquellos quienes hicieron cosas destructivas o quienes cayeron en la avaricia.

Un documento interesante es la serie The Men who built America, de History Channel, que se refiere a las vidas de John D. Rockefeller, Cornelius Vanderbilt o J.P. Morgan. Fueron personas que tuvieron muchos logros en lo empresarial, pero con base en atropellos a otras personas. Lo paradójico es que a través de sus vidas hicieron grandes fortunas que luego donaron a diversas actividades sociales: para ayudar a la gente, financiar temas culturales o religiosos, etc.

En ese sentido, se puede afirmar que siempre dentro de la vida tenemos posibilidad de mejorar aquellas cosas que pudimos haber hecho mal, ya sea en lo personal o través de la intervención de las instituciones, como la legislación que finalmente prohibió los monopolios petroleros, por ejemplo.

Se puede creer en la posibilidad de mejora del ser humano, siempre hay que darle oportunidades para que pueda corregirse. A través de los años y de la madurez va uno viendo los errores que se cometieron y lo que quiere uno es irlos contrarrestando. Siempre hay una oportunidad de mejora si se quiere, ello implica una gran voluntad.

Incluso los líderes que adquirieron buena parte de sus virtudes durante el desarrollo de su vida, quizá superando golpes, gracias a esas otras características descritas en el fundador, pueden seguirse formando y aprendiendo.

Tal vez no terminaron sus estudios o quieren mejorar como padres (porque antes era ensayo y error). Existen hoy una infinidad de cursos que van ayudando incluso en la educación de los hijos, en la vida familiar, etc.

Porque es también en esos años de formación de la empresa, en su momento de crecimiento, cuando la primera generación cae en riesgo de plantar también el germen de su destrucción. Esa es al menos una tesis propia que se ha ido formando con la observación, en donde diversos casos de sucesión generacional ya han podido ser observados en el IPADE en el transcurso de las décadas.

 

El germen

 

De cada seis empresas en primera generación, dos pasan a la segunda y sólo una a la tercera generación, éste es el hecho estadístico. Hasta la sabiduría popular acuño alguna vez la frase “Padre abonero, hijo caballero, nieto pordiosero”. En estos casos, las virtudes del fundador no logran ser transmitidas a las generaciones siguientes. El resultado es la pérdida de la empresa con el irremediable paso del tiempo.

Una observación frecuente está en que la generación fundadora suele caer en buscar darle a sus hijos todo lo que no tuvieron, evitarles todas las penurias. A veces ese pensamiento se va a excesos y ello se convierte en resolverle toda la vida a la segunda generación, a no exigirles que trabajen.

Se requiere fundamentalmente forjarle a los jóvenes carácter y voluntad, porque no basta con tener ideas, hay que llevarlas a la práctica, dar resultados. Es preciso permitir que los jóvenes emprendan, fracasen, se levanten: que obtengan lo que se proyectan ellos mismos. Cuando hay carácter y voluntad se superan los fracasos.

Ahora bien, se ha visto también que algunos fundadores llevan a cabo esta tarea y aún así no tienen buenos resultados o incluso hay quienes no la realizan en absolutos y la segunda generación resulta bastante bien. Es obvio que en la crianza y educación de la segunda generación intervienen múltiples factores sociales, psicológicos y culturales, quizá personas (amistades, parientes, profesores, escuelas) que dificultan encontrar dónde está el germen de la destrucción.

Además de carácter y voluntad, está el “hambre”, lo cual implica no necesariamente el hecho físico, sino el afán de logro; los padres pueden buscar inculcar en sus hijos este afán, además de ayudarlos a ejercer el autoconocimiento, para así explotar las cualidades que tienen en lo individual.

Este entorno de aprendizaje puede crear las condiciones necesarias para que los hijos aprendan las cuatro virtudes cardinales, y por ende las demás. Porque, desde los tiempos de Aristóteles se postula que las virtudes no son innatas, se tienen que aprender por medio de facultades como la inteligencia y la voluntad.

Entonces, se pueden crear en las siguientes generaciones las condiciones para que adquieran fortaleza, templanza, justicia y prudencia, pero es una decisión del individuo buscarlas o no.

 

Virtudes en la empresa

 

Este afán de mejorar, de mejorarse, también es positivo para los fundadores: el deseo de seguir aprendiendo. Con un poco de introspección el individuo puede encontrar que hay muchas áreas de mejora, conocimientos que debe ir adquiriendo y que ese proceso no se debe terminar.

Cuando la persona lucha por ser mejor cada día, por ir adquiriendo virtudes o cualidades humanas, trabaja más abiertamente, entiende mejor a los demás, ayuda a otros, se comunica y recibe retroalimentación. Además, incluye muy positivamente en el otro gran entorno que tiene a su cargo o que ha formado: la empresa misma. De esta manera, va creando en la organización un ambiente más propicio para el desarrollo de quienes colaboran en ella.

En el tema de la empresa familiar, siempre he coincidido con la idea de que hay que preparar a la gente para la vida, no para la empresa. Se trata de buscar que cada persona pueda ser mejor; uno de los caminos para ello es ir adquiriendo virtudes, conociéndolas y desde luego poniéndolas en práctica. Un líder virtuoso que logra transmitir esta voluntad de mejorar, no sólo a su familia, sino a toda su organización y quizá a su entorno, logra finalmente mejorar poco o mucho el mundo en que vivimos.

 

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Abril 16 / 2020

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