Ética, carácter y destino en el medio empresarial

Abril 08 / 2020

Luis Felipe Martí Borbolla

Profesor del área de Factor Humano

Luis Felipe Martí Borbolla

Profesor del área de Factor Humano

Abril 08 / 2020

No es tan desconocida aquella frase de Heráclito acerca de que “carácter es destino”, ¿cómo se aplican los principios de la ética en las empresas?

 

En una colaboración anterior hemos descrito que una traducción válida de la palabra ethos es la de carácter, y cómo éste es resultado de una suma de virtudes en el individuo. Pero podemos ahondar más en el origen lingüístico de este vocablo, pues su raíz etimológica puede iluminar en gran medida el significado del término.

El término griego ἔθος significa, literalmente, costumbre o hábito y parece provenir o al menos estar cercanamente relacionado con otro muy parecido: ἦθος, que refiere a una gama amplia de significados. El principal es el de “lugar acostumbrado”, a la manera de las madrigueras y cuevas de ciertos animales salvajes, pero también tiene el mismo significado que el otro término: costumbre o hábito.

Hablar del ethos como residencia o morada, aunque inicialmente el término aludiera a las de los animales, es hacer referencia a la manera en que una persona vive y habita, a cómo se relaciona con sus cohabitantes y vecinos.

En este sentido, el ethos de una persona no es solamente su morada sino, además, sus condiciones de vida, que sin duda influyen en su comportamiento. El ethos de un individuo, por lo tanto, refiere al conjunto de condiciones vitales relativas a su comportamiento consuetudinario. En el ethos de una persona se manifiesta quién es, en toda la extensión de su personalidad y carácter.

 

Carácter es destino

 

En su Carta sobre el humanismo, Martin Heidegger rastrea el origen de la ética como disciplina hasta la academia de Platón, junto con la lógica y la física, como partes de la naciente filosofía. En efecto, la ética juega en el pensamiento platónico un lugar preponderante y de frecuente aparición en sus diálogos. En su obra cumbre, la República, Platón hace descansar la totalidad de su propuesta política en cuatro virtudes principales que terminarían por conocerse en la ética cristiana como las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

Heidegger cita además un fragmento del filósofo griego Heráclito que reza: ἦθος ἀνθρώπωι δαίμων, y que ha sido traducido tradicionalmente como “el carácter es para el hombre su destino”. Los primeros dos términos, ethos anthropoi, se traducirían como “su carácter es para el hombre”, refiriendo de nuevo tanto a la morada como a las circunstancias: hábitos, historia, espíritu, entre otros, elementos que podrían englobarse en el término “carácter”.

El tercer término, δαίμων, se traduce como “destino”, aunque originalmente refiere a una entidad de la idiosincrasia griega que etimológicamente deriva en el término “demonio”. En su acepción original, el daimon no tiene las implicaciones negativas que la tradición judeocristiana le ha conferido por razones teológicas.

¿Cómo es entonces que daimon termina por traducirse como “destino”? Vale la pena analizar la historia del término. En los poemas homéricos, la Ilíada y la Odisea, daimon es el término usado para referirse indistintamente a los dioses, junto con theoi, de dominio más extendido. En los diálogos platónicos tempranos, en específico en la Apología, Sócrates se refiere en ocasiones al daimon como una especie de divinidad personal que hace las veces de conciencia, advirtiéndole en contra del error, sin dictarle el camino correcto. En el Banquete, es descrito como una entidad intermediaria entre los hombres y los dioses que distribuye los bienes, sacrificios y ofrendas entre unos y otros.

El uso cristiano del término para referirse a deidades menores tomaría un evidente aspecto negativo. En el Nuevo Testamento, el término se traduce siempre como demonio, refiriendo a aquellas entidades sobrenaturales que, según los evangelios, poseían a algunos individuos y que Jesús y sus apóstoles expulsaban. Este entendimiento negativo del daimon como una entidad que daña a los humanos o los tienta para cometer el mal es consistente con el relato del Antiguo Testamento acerca de las divinidades caídas que se rebelaron.

La connotación negativa no tiene ninguna relación con el sentido auténtico del término en el fragmento de Heráclito. Más bien, tiene que ver con el sentido mencionado previamente, como una entidad intermedia que distribuye y reparte. El objeto particular de esta distribución son las fortunas personales de cada ser humano. De hecho, se suele rastrear el origen del término al verbo griego daio, que significa distribuir. Por ello, daimon termina por significar destino.

Habiendo entendido por qué el fragmento de Heráclito se puede traducir como “el carácter es para el hombre su destino”, resta explicar por qué una afirmación hecha hace más de 2,500 años seguiría hoy vigente. ¿Cómo es que el hombre contemporáneo, dígase un empresario, podría sacar provecho de un aforismo milenario?

En esencia, el mensaje vigente y relevante es este: el carácter individual de cada ser humano define en gran medida su calidad de vida; equivale a afirmar que la manera en que uno actúe determina nada menos que la identidad de dicha persona. Es decir, un hombre es quien es por la totalidad de lo que habita: sus acciones, sus circunstancias, sus hábitos, sus relaciones; en una palabra: su carácter. Destino también puede referirse al final cronológico o última fortuna de un individuo.

 

Una lección shakesperiana

 

En la obra teatral El mercader de Venecia de William Shakespeare, se manifiesta claramente que los negocios no son algo sencillo. Las acciones de dos personajes, Shylock y Antonio son especialmente ilustrativas de esta lección. El primero, un prestamista judío, es retratado por Shakespeare como un individuo avaro y resentido con la sociedad veneciana, preponderantemente cristiana, pues es sujeto a vejaciones sólo por el hecho de ser semita.

No pocas acusaciones de antisemitismo han caído sobre el bardo inglés por esta representación tan poco amable del único de sus personajes judíos, pero la profundidad del personaje va más allá de una caricaturización ridícula del pueblo de Israel.

Antonio, por otro lado, es un próspero mercader, epítome del comerciante cristiano, cuyo amigo Basanio le solicita un préstamo de 3,000 ducados para cortejar a la bella Porcia, una rica heredera. Dado que los barcos y riquezas de Antonio están en una travesía por las Indias, éste se ve obligado a pedir un préstamo al judío, a quien previamente ha humillado. En caso de que el pago no se cumpla en el plazo establecido, Shylock exige como retribución una libra de la carne de Antonio para saldar la deuda.

Estos dos personajes nos servirán para discutir el alcance de la ética dentro de los negocios. ¿En clave de qué elementos se debe juzgar el comportamiento en los negocios como ético o no ético? ¿Qué papel juegan las circunstancias particulares para los empresarios en lo relativo a su comportamiento ético?

¿Cuál es el ethos de Antonio y Shylock? Como hemos visto, podemos desmenuzar esta pregunta general en preguntas específicas: ¿Cómo viven? ¿Qué mundo habitan? ¿Cómo se relacionan con su prójimo?

Comencemos con Shylock. No se puede pasar por alto su calidad de judío en una sociedad cristiana, lo que le confiere la calidad de continuo extranjero. Es obligado, junto con los demás judíos venecianos, a usar ciertos signos externos para identificarse. Además, no le es permitido ejercer prácticamente ninguna profesión ni oficio, más que la de prestamista, pues la teología cristiana condena el préstamo con interés (siguiendo las doctrinas de Santo Tomás de Aquino y de Tomás de Mercado). Shylock resiente este trato, que considera humillante.

El ethos que habita Shylock, entonces, es uno de resentimiento y opresión; también, se encuentra un carácter decidido y altamente imbuido de un sentido de justicia. Adicionalmente debe mencionarse que su hija, Jessica, juega un papel importante en la obra, pues en ella Shylock vierte un tierno amor paternal.

Pensemos ahora en el ethos de Antonio. Shakespeare lo retrata como un melancólico irredento que sufre una pena innombrada, como si añorara un pasado perdido o un futuro imposible. Por oposición a Shylock, Antonio encarna las virtudes cristianas más encomiables: generosidad, autonegación, sacrificio y servicio, entre otras.

Hasta el momento, parece que Shakespeare ha delineado personajes con caracteres definidamente opuestos. Parece estar muy claro quién es el villano y quién el héroe. Pero al igual que Shylock resultó ser algo más que un judío resentido, Shakespeare retrata a un Antonio que también tiene claroscuros. El resentimiento del prestamista no es gratuito: Antonio lo ha humillado y abiertamente vejado, en manifiesto despliegue de antisemitismo.

El contraste entre los ethoi de Antonio y Shylock nos sirve para comprender que sus acciones están originadas profundamente en su carácter. Antonio y Shylock actúan como actúan porque son como son. En esta frase aparentemente redundante pueden modificarse levemente los términos sin modificar el significado original: son como actúan y actúan como son.

Es decir, sus caracteres están formados en amplia medida por sus acciones y, a su vez, estas acciones están influidas en alto grado por las circunstancias en que habitan. También, se vuelve manifiesto el aforismo de Heráclito. El carácter de Shylock derivó en su lamentable destino: su farisaico apego a la ley le valió la misma aplicación por parte del dogo de Venecia. Su negativa a mostrar misericordia le valió ser negado de ella. Lo mismo aplica para Antonio: su disposición a la generosidad y su natural misericordia terminan por hacer de su destino uno acorde con los hábitos que evidencia su comportamiento.

Surge la pregunta: ¿se puede decir que el ethos de alguno de estos personajes es virtuoso? En este momento será pertinente analizar las contribuciones clásicas a la ética al respecto de la virtud.

 

La felicidad y el hábito

 

Las intuiciones de Aristóteles fueron de importancia fundacional para fortalecer a la Ética como una disciplina en sí misma. Al respecto de la virtud, dice Aristóteles que “es un modo de ser relativo a la elección y la elección es esencialmente un acto del apetito.” Por lo tanto, dice Alfredo Cruz Prados, las cuestiones éticas se refieren a la forma de apetecer, al modo de gozarse y de dolerse.

Para discernir éticamente los caracteres de nuestros personajes shakesperianos, habrá entonces que pensar en sus motivaciones y en qué les produce placer y gozo y qué les produce dolor.

Sobre esto, dice el estagirita que “lo deleitable es lo adecuado o lo conveniente a la naturaleza –al carácter o disposición– del agente.” Santo Tomás comentará esta noción aristotélica de la siguiente manera: “Ese modo de obrar virtuosamente consiste en obrar de manera fácil, pronta y deleitable. Bien podemos resumirlo en el adverbio “gustosamente”. Esto es lo que caracteriza al hombre virtuoso: que no solo hace lo recto, sino que lo hace con deleite, gozándose en ello.”

El virtuoso es aquel al que no le cuesta hacer el bien. Ni Antonio ni Shylock cumplen cabalmente con esta última noción, de manera que no encajarían con el modelo aristotélico-tomista del hombre virtuoso.

Añadirá Aristóteles que “la medida perfecta y última del obrar moral no es la ley sino la virtud y el hombre virtuoso.” De lo anterior se concluye que la virtud se identifica con el hábito bueno y no con el mero cumplimiento de la ley. Otro elemento de la virtud moral es que es “un hábito electivo que consiste en un término medio relativo a nosotros, y que está regulado por la recta razón en la forma que lo regularía el hombre verdaderamente prudente”, dice Aristóteles.

En la Ética Eudemia, añadirá que el término medio es más contrario a los extremos que cada uno de ellos entre sí, porque el término medio no acompaña ni a uno ni a otro y los extremos aparecen a menudo juntos y a veces los mismos hombres son pródigos en ciertas cosas y tacaños en otras.

Un elemento rector para la virtud, relacionado cercanamente con la noción de término medio, es la prudencia. Tomás de Aquino explica esta conexión sobre la base del siguiente argumento: 1) Las virtudes morales presuponen la prudencia; 2) ésta requiere a su vez de las virtudes morales; 3) luego todas las virtudes morales están conectadas y no pueden darse separadamente.

Esta noción ya había sido planteada en cierto modo por Platón y su doctrina de la unidad de la virtud, que establece que el hombre virtuoso lo es en todos los aspectos. De esta manera, es inconsecuente afirmar que pueda poseerse una virtud y no alguna otra. En esta doctrina, la prudencia juega el papel de conexión entre todas las virtudes, de manera que el hombre virtuoso es, en primer lugar, un hombre prudente.

Todas las anotaciones previas acerca de la naturaleza de la virtud ética y el término medio, claves para lo doctrina aristotélica de la virtud, son de especial utilidad para abordar la cuestión planteada al inicio: ¿en qué medida la ética está imbuida en el quehacer del empresario y los negocios? Para responder, primero hay que abordar la naturaleza propia de la ética como disciplina.

 

¿Conviene la ética a los negocios?

 

Según Juan Manuel Elegido, la Ética es la disciplina que explora las cuestiones de cómo vivir una vida que valga la pena y cómo desarrollar un carácter que sea al mismo tiempo rico y bien integrado. La pregunta que viene a cuento es la siguiente: ¿un comportamiento consistentemente ético por sí mismo contribuye positivamente al éxito en los negocios?

Elegido responde que sí, al fomentar tres ingredientes clave para el éxito. El comportamiento ético contribuye a la buena reputación de una firma y a que otros grupos se muestren dispuestos a confiar en ella y ello promueve la dedicación de los empleados al éxito de la empresa. Además, estos factores también poseen la característica, altamente deseable, de no ser fácilmente imitables y por ello pueden adoptar una ventaja competitiva sostenible.

Hemos encontrado ya una relación entre ética y negocios, una en que es permisible y hasta deseable que el quehacer empresarial se conduzca de acuerdo con criterios éticos. Como se afirmó previamente, la ética pretende establecer cómo es que la vida debe realizarse para alcanzar la plenitud o el estado más deseable, es decir, una vida que valga la pena.

El hombre común está inmerso en una continua lucha consigo mismo, buscando crear hábitos positivos que le conduzcan a la virtud y erradicando aquellos hábitos nocivos llamados vicios, que producen infelicidad e imposibilitan una vida plena, es decir, una vida ética. 

Esta tensión interna es magníficamente representada por la estatua del Laocoonte, expuesta en el Museo Vaticano. Representa a un hombre fuerte enrollado por una serpiente que intenta devorarlo a él y a sus hijos, trasmitiendo el significado de la lucha interior contra nuestra bestia interna.

Para lograr domar esta bestia es necesario satisfacer ciertas necesidades básicas, necesarias para poder pretender la felicidad. Un instrumento de gran utilidad para esta tarea es la llamada “pirámide de Maslow”, propuesta en 1943 por Abraham Maslow, un científico americano del comportamiento.

En A Theory of Human Motivation, Maslow formula una “jerarquía de necesidades” a la que están sujetos todos los seres humanos: en la base de la pirámide se encuentran las más básicas: comida y refugio, reproducción y descanso, que son primordialmente fisiológicas. 

En el siguiente nivel está la necesidad de seguridad. Una vez que se han cubierto estos niveles, los individuos están capacitados para satisfacer otras necesidades: las de pertenencia (amor, aceptación, afiliación, etc.) y posteriormente las de estima (autorrespeto, estatus social, aprobación ajena). Finalmente, en la punta de la pirámide están las necesidades de autoactualización: aquellas que se buscan por sí mismas, como el arte.

En su libro Driven: How human nature shapes our choices, de 2002, Paul R. Lawrence y Nitin Nohria proponen una teoría motivacional aplicada al mundo empresarial que sigue las bases establecidas por Maslow. 

Los autores hablan de cuatro motivaciones: 1) Adquirir: bienes tangibles e intangibles, 2) socializar: conectar con individuos y grupos, 3) comprender: satisfacer curiosidad y entender el mundo y 4) defender: protegernos frente a amenazas externas y promover la justicia; motivaciones que subyacen a todas las actividades humanas.

En los negocios y el quehacer empresarial, estas motivaciones se reflejan en distintas “palancas” (levers):

  1. Adquirir: sistema de recompensas
  2. Socializar: cultura organizacional
  3. Comprender: diseño del trabajo
  4. Defender: procesos de distribución de recursos y gestión de desempeño

Tanto la pirámide de Maslow como el esquema de Lawrence y Nohria, son compatibles con la doctrina aristotélica. Ambos esquemas constituyen propuestas particulares de cómo el hombre virtuoso debe ordenar su apetito de acuerdo con la jerarquía de bienes. 

En Maslow, la propuesta aplica para cualquier individuo en general. La pirámide permitiría alcanzar un comportamiento virtuoso si la persona fuera capaz de ordenar sus apetitos de acuerdo con la prioridad correspondiente, pues la pirámide está fundamentada en la naturaleza humana.

En el caso Lawrence y Nohria, la propuesta está particularmente dirigida a la persona que se desenvuelve en el ámbito empresarial. Las palancas de Adquirir, Socializar, Comprender y Defender son motivaciones que, correctamente identificadas y entendidas, pueden potenciar el ejercicio de un comportamiento virtuoso en la empresa. Al igual que Maslow, los autores pretenden que su modelo se base en la naturaleza humana, permitiéndoles así afirmar que la correcta aplicación del esquema puede conducir a la plenitud humana.

 

Extracto adaptado de: Hacia un capitalismo humano y emprendedor.

 

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Abril 08 / 2020

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