La agenda económica de Joe Biden

Diciembre 18 / 2020

Rafael Ramírez de Alba López

Profesor del área de Entorno Económico

Rafael Ramírez de Alba López

Profesor del área de Entorno Económico

Diciembre 18 / 2020

Es muy probable que Joe Biden tome posesión como presidente de los Estados Unidos el próximo 20 de enero. Esto será un gran alivio para muchos después de cuatro años de lo que consideran una gestión “populista”, poco profesional y errática (en el mejor de los casos) o profundamente destructiva de Donald Trump. ¿Qué podemos esperar en términos de política económica de una administración Biden?, ¿será más efectiva que la de Trump?

Algo que quedó en evidencia durante la campaña es que Biden y Trump no pueden ser más distintos.

Trump es, en el fondo, un hombre de negocios que entiende el rol de la actividad empresarial y la inversión productiva para generar bienestar, así como los obstáculos que enfrentan los emprendedores. Con todos sus defectos, es un hombre práctico, más enfocado en hacer que las cosas sucedan que en seguir las reglas de lo políticamente correcto.

 

Biden, por su lado, es un político tradicional que sabe manejar bien el sistema pero que puede presumir pocos logros tangibles en sus casi 50 años en Washington. Lo que sí ha conseguido a lo largo de su carrera es acumular cuestionables beneficios financieros para él y su familia, especialmente a través de sus actividades diplomáticas. En la reciente contienda presidencial su principal atractivo (tal vez el único) fue el no ser Donald Trump. Así, de manera increíble, parece haber logrado obtener la mayor cantidad de votos en una elección presidencial en la historia de los Estados Unidos, a pesar de prácticamente no haber hecho campaña.

 

En términos de política económica, las diferencias entre los dos también son notables.

 

El eje rector de las políticas económicas de Trump consistió en tratar de reanimar una economía ralentizada por el intervencionismo de los ocho años de la administración Obama. ¿Cómo? A través de un clima más propicio para la inversión privada: mediante una disminución de impuestos (especial, pero no únicamente, aquellos a los ingresos de las empresas), una disminución de la carga regulatoria, y una (mal enfocada) preferencia por los productores norteamericanos en términos de comercio internacional.

 

El resultado fue que a principios de este año su país era una de las economías desarrolladas de mayor crecimiento y menor desempleo, en beneficio particularmente de las personas de menos ingresos y de las minorías étnicas. No es casualidad que, a pesar de la continua campaña de desprestigio en su contra, Trump haya logrado el mayor voto de hispanos y afroamericanos que cualquier otro candidato presidencial de su partido.

 

De no haberse desatado la pandemia y la depresión provocada por las restricciones a la actividad económica que se implementaron, no cabe duda que Trump hubiera sido reelegido por un amplio margen.

 

En contraste, la propuesta de Biden está centrada en incrementar los impuestos y en aumentar el intervencionismo gubernamental. Plantea volver a subir la tasa de impuestos a las ganancias de las empresas de 21 a 28%, así como incrementar el alcance del impuesto a las nóminas y eliminar beneficios para pequeños contribuyentes. Por otro lado, intentará introducir nuevas regulaciones y controles burocráticos, especialmente en relación con la generación de energía y con temas laborales (como, por ejemplo, un incremento al salario mínimo federal a $15 dólares por hora y una serie de provisiones para eliminar la presunta discriminación “sistémica” en las empresas). A esto habría que añadirle un aumento sustancial en la tasa de crecimiento del gasto público, lo que resultaría en un incremento en el déficit fiscal a pesar del aumento de impuestos.

 

Lo que hará el conjunto de medidas que plantea Biden, por lo tanto, es aumentar los costos para las empresas (especialmente para las pequeñas y medianas) y desincentivar la inversión productiva. Se puede esperar que el impacto sea negativo para el crecimiento y la generación de empleos en el mediano y largo plazo, a pesar de que tal vez en el corto se pueda crear la ilusión de altas tasas de crecimiento sostenidas por el aumento en el gasto del gobierno y la natural reactivación económica posterior a la fuerte caída relacionada con la pandemia. De cualquier modo, aún en el corto plazo el impacto puede ser negativo ya que no hay que descontar que en los siguientes meses Biden imponga confinamientos más profundos y extendidos para intentar controlar la pandemia, a pesar de su probada ineficacia para disminuir el número de muertes y contagios, así como su enorme costo social y humano.

 

Ahora bien, el poder implementar estas iniciativas dependerá en gran medida de como termine definiéndose la configuración política una vez que finalicen definitivamente los procesos electorales de este año a todos niveles.

 

Por un lado, será clave la determinación del partido que controlará el Senado por los próximos dos años. Esto se definirá en dos elecciones en el estado de Georgia en enero. Si los republicanos logran mantener el control es muy probable que le dificulten a Biden el llevar a cabo todos los cambios que planteó en la campaña.

 

Por otro lado, hay que considerar que Biden será un presidente extremadamente débil en términos políticos. Es una persona de edad avanzada que da claras muestras de agotamiento físico y cognitivo. De manera asombrosa parece haber logrado ser elegido a pesar del rechazo de los electores a su partido en el resto de las contiendas. Aunque al final de cuentas no prosperen los argumentos legales de Trump, pesará sobre Biden la sombra del fraude ante la multiplicación de indicios de violaciones claras a las leyes electorales en ciudades clave como Atlanta, Filadelfia o Detroit, donde prácticamente todas las instancias electorales son controladas por demócratas. De acuerdo con encuestas confiables, casi la mitad de la población en Estados Unidos cree que las elecciones fueron ganadas por Biden de manera fraudulenta.

 

Por último, aun suponiendo que Biden personalmente sostenga posiciones moderadas le será difícil contener las demandas de los extremistas en su propio partido, el cual se ha radicalizado de una manera importante en los últimos años. Una muestra de lo anterior fue la elección de Kamala Harris como su compañera de fórmula. Como senadora, la antigua procuradora del estado de California tiene el récord de votación más extremista de la actual legislatura, inclusive a la izquierda de Bernie Sanders, quien se autodescribe como socialista. Biden también tendrá que resistir la presión de grupos de choque anarco-marxistas como Antifa y Black Lives Matter, los cuales presumiblemente no se conformarán con políticas tradicionales de centro-izquierda y retomarán las tácticas de violencia y saqueo que llevaron a cabo durante el verano para lograr los cambios radicales que buscan.

 

Diciembre 18 / 2020

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