20 de enero de 2009
Por Rafael Gómez Nava*
Hace algunos días la revista Business Week publicó un artículo sobre algunos de los principales retos que enfrentaron las escuelas de negocios, especialmente con sus programas MBAs.
No cabe duda que el año 2009 exigió a las escuelas de negocios establecer vías creativas para que sus estudiantes alcanzaran el trabajo de sus sueños. Asimismo, propició establecer mecanismos alternos para financiar los costos relacionados a la matrícula y a los gastos de vivienda, que suelen ser mayores a los US$ 100,000.
Sin embargo, los principales retos no fueron económicos, sino, sobre todo, de credibilidad al sistema educativo que se vive en los programas MBAs, especialmente en Norteamérica. El mundo cuestionó a los MBAs y a las escuelas que los producen.
La sociedad volteó a ver a aquellos que habían impregnado en cada estudiante el famoso criterio de la maximización de utilidades. Algunos han llegado a plantear –al menos han abierto el debate- si los MBAs son el enemigo público causante de nuestros problemas socio económicos actuales (al menos desde la perspectiva educativa).
Las preguntas fueron en ascenso: ¿los criterios de admisión son los adecuados? ¿es el GMAT el mejor mecanismo para identificar a los futuros líderes de las sociedades contemporáneas? ¿son los MBAs responsables –o en qué medida- del actuar directivo de personas libres y técnicamente bien preparadas? ¿qué tipos de contenidos académicos –y bajo qué modalidad metodológica- deben ser re-inventados los programas MBA?, ¿están los MBAs obligados a dar respuestas y a rediseñar sus procesos?
Una de las primeras respuestas fue el juramento de los alumnos de la escuela de negocios de Harvard –conocido como The Harvard MBA Oath-. Hoy en día, el movimiento ha crecido, las personas juran en línea, se inscriben con entusiasmo a redes sociales para promover el juramento, y pareciera que, después de los escándalos y de la crisis económica, algo bueno se materializa.
Sin embargo, el cuestionamiento de fondo no es si se jura o no se jura es, en cambio, si se asume o no un compromiso por el bien hacer, por el bien actuar y por el bien ser.
La decisión crítica de un joven aspirante a un programa MBA no debería ser cuál programa estudiar, la decisión en cambio es, si quieren ser directores con un alto sentido de eficacia y responsabilidad.
Insisto, la disyuntiva no es tener o no tener un grado académico de MBA, es, en cambio, tomar con seriedad o no, la futura dirección de empresas y, por lo tanto, de personas, para la construcción de una mejor sociedad y un mejor mundo.
Mientas sigamos viendo personas que violan los códigos para la preparación del examen GMAT (recordemos el famoso acontecimiento –remembrado en Business Week- del GMAT Cheating in China), o faltando al deber de los derechos de autor, poco podremos esperar del futuro empresarial de nuestras naciones.
Las escuelas deberán reenfocar al verdadero arte de dirigir personas y organizaciones. Los alumnos de MBA deberán asumir el compromiso integral de formarse en la función de emprender o dirigir empresas, mientras que las empresas contratantes deberán propiciar que dicho talento no se desvirtúe –a través de adecuados procesos de formación continua y de control para asegurar el buen rumbo de la empresa.
En fin, 2010 será un año de grandes retos para la educación y para las escuelas de negocios. Estoy seguro de que mientras se superen los esquemas basados en el individualismo, el materialismo, el egocentrismo – y todos esos ismos-, nuestra sociedad mejorará. El mundo necesita grandes líderes, necesita jóvenes talentosos, y necesita escuelas de negocios orientadas a la contribución de un mundo más responsable.
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*Rafael Gómez Nava es director del Programa full-time MBA y profesor del Área Académica de Dirección de Operaciones en IPADE Business School.