Por Carlos Ruiz González*
Empieza un nuevo año que, aunque sea por el cambio de número en el calendario, tiene una connotación de inicio; es como cuando empezamos un cuaderno nuevo en la primaria, sentimos que tenemos mucho por delante, está limpio, sin definir y con mucho por hacer (aunque la verdad es que somos casi la misma persona el 31 de diciembre que el 1º de enero), pero nos gusta pensar que por tratarse de un cambio de año habrá cosas nuevas que sucederán y otras tantas por hacer.
En este contexto no es nada extraño reflexionar acerca de los valores ¿tendré los adecuados para lograr lo que me propongo los tan conocidos “propósitos de año nuevo”? ¿debería adquirir (como si fuera posible comprarlos) nuevos valores?
Estas preguntas en relación al nuevo ciclo me llevan a detenerme en los valores, y es que cada vez que me preguntan acerca de estos en las empresas me dan ganas de saber en concreto: ¿se trata de los que la empresa afirma poseer o a los que pone en práctica?
Obviamente se trata de los valores que la empresa “vive” y los que practica; los demás, sinceramente, no importan. Los valores se viven, no se escriben o se dicen y aquí saco a colación una anécdota que contaba un colega mío, en ella mostraba una verdadera incongruencia: la declaración de valores de la malograda empresa Enron, impresa en edición de lujo, se cotizaba en precios muy altos en eBay y, curiosamente, ¡entre sus valores estaba la integridad! Todos sabemos que esta compañía, por conductas poco éticas, quebró estrepitosamente e hizo que muchos ahorradores perdieran su dinero. Se trata de una buena paradoja el hecho de que una institución con valores “establecidos” actúe de una manera contraria y es por ello que insisto, los valores se “viven”, no se declaran o se escriben.
Otro conocido mío afirmaba que “en teoría soy muy generoso, en la práctica me falla serlo”. No se puede ser generoso en teoría, quien lo es, lo practica, lo vive. Los valores no son declaraciones: “somos honrados”, “privilegiamos el trabajo en equipo”, “primero son las personas”, si estos enunciados no se “viven”, lo que muestran es que su verdadero valor es la hipocresía.
¿Y que pasa cuando los valores empiezan a practicarse? Se vuelven virtudes. Desafortunadamente la palabra “virtud” está un poco devaluada o ¿desvirtuada? es triste, porque el término etimológicamente proviene del latín “virtus” que significa fuerza y ahora muchas personas, cuando piensan en alguien virtuoso, normalmente lo asocian con lo contrario, es decir, lo consideran débil.
Se trata precisamente de lo contrario, definimos a la virtud como un hábito operativo bueno que, conforme lo vamos practicando, nos hace ser mejores y hasta se vuelve segunda naturaleza. Así, quien se propone ser generoso, quizá lo encuentre difícil al principio, pero con la práctica lo ira perfeccionando, lo mismo ocurre con quien quiere ser puntual o laborioso, es cuestión de empezar y trabajar en ello.
Así que un buen propósito de año nuevo no debiera ser contar con valores nuevos, sería mejor proponerse vivirlos, y para lograrlo los expertos nos dan cinco consejos:
1) Tener pocos objetivos, tres o cuatro, como máximo, esto permitirá enfocar el esfuerzo.
2) Ponerlos por escrito para tenerlos presentes, para comprometernos.
3) Involucrar a alguien para que nos ayude, reforzará el compromiso; puede ser un cónyuge, un hermano, un amigo.
4) Para alcanzarlos es necesarios salirse de la rutina, si seguimos haciendo lo mismo (sin innovar en nuestra conducta) no lo lograremos.
5) Habrá caídas y hay que darles su peso y aprender de ellas, sabiendo levantarse. No por haber fumado un cigarro hay que lanzar por la borda lo conseguido y volver al vicio.
En fin, practicando lo que pensamos, acabaremos adquiriendo los valores y se volverán parte, “automática”, de nuestra manera de ser.
Muy feliz año y nuestros deseos para que logremos alcanzar nuestro objetivos.
* El autor es Profesor del Área de Política de Empresa (Estrategia y Dirección) y Director del Programa de Alta Dirección (AD-2) de IPADE Business School.