11 de noviembre de 2009
Brasil vive su momento. Su éxito y prometedor futuro han sido resultado de muchas décadas de trabajo arduo. Pero no nos confundamos, su posición en el mundo no se presenta a expensas de México.
Por Edmundo Vallejo Venegas*
No hay revista de negocios, periódico en el mundo o análisis macroeconómico que no coloque a Brasil como una de las nuevas potencias globales. Es más, en el famoso concepto del BRIC, acuñado por Goldman Sachs, la única duda es la "R", de Rusia. La "B" brasileña, la "I" de India, y la "C" de China se asumen como una realidad. Y con razón.
Pero, ¿Por qué miran ahora las empresas globales tan de cerca a este país cuando hace tan sólo unos pocos años la broma era que Brasil era el país del futuro—y que así seguiría para siempre?
La respuesta a esta pregunta es importante. En varios foros y discusiones en corto frecuentemente escuchamos la queja lastimosa que México se ha convertido en el mejor amigo de Brasil porque la difícil situación por la que atraviesa nuestro país ha invitado a los inversionistas globales a voltear al Sur en búsqueda de crecimiento, a expensas de México. Un pensamiento muy alejado de la realidad.
Durante décadas Brasil invirtió muchísimo dinero—probablemente de un modo muy ineficiente—en desarrollos tecnológicos que hoy lo colocan a la vanguardia como el etanol, a partir de la caña de azúcar, utilizado como combustible, así como la infraestructura a su alrededor, incluyendo los motores de automóviles capaces de utilizar este combustible y sus variantes.
Embraer, uno de los pocos fabricantes de aviones regionales en el mundo, fue durante muchos años una empresa pública, subsidiada, y con enormes pérdidas. Sin embargo, al mismo tiempo que consumía subsidios, ésta invertía en tecnología. Hoy, muchas aerolíneas en todo el mundo compran estos aviones para sus vuelos regionales.
Cuando un país cuenta con la capacidad de diseñar, construir y comercializar aviones comerciales—o militares—envía un mensaje muy poderoso al mundo en materia de tecnología y capacidades. Las historias de Petrobras, CELMA, y la minera CVRD (Companhia Vale do Rio Doce), entre muchas otras, no son diferentes.
Paralelamente, un enorme mercado interno con casi 200 millones de habitantes, de muy difícil acceso para el jugador externo, ha sido bien aprovechado por muchos empresarios locales en industrias tales como la financiera para crear un sector sumamente desarrollado en productos y servicios al consumidor, en sistemas y tecnologías, y con la escala necesaria para alcanzar niveles de productividad muy importantes.
Brasil es también un país rico en recursos naturales. De los más ricos en el mundo. Por ejemplo, 80% de la producción de energía en este país es hidroeléctrica. La mayor planta productora de energía de este tipo en el mundo se encuentra ahí (Itaipú, que también sirve a Argentina y Paraguay) y que será desplazada por Tres Gargantas en China, próximamente.
Algunos de los productores más grandes del mundo en materia de minerales, azúcar y acero, entre otros “commodities”, están ubicados en diferentes regiones a lo largo del país. En materia de alimentos, el ganado, pollo y grano, son producidos y comercializados por empresas locales y se cuentan también entre las más grandes.
Finalmente, China “descubrió” Brasil hace cinco años. Los hizo sus socios comerciales como proveedores de esos productos que China produce deficitariamente. A cambio de esto, el compromiso chino—por demostrar—fue ayudarles a mejorar su infraestructura de logística: ferroviaria, carretera, aérea y marítima.
En este mundo en recesión, encontrar un país como Brasil con el potencial para invertir en grandes proyectos de infraestructura representa un imán gigantesco para los inversionistas. Por cierto, los Juegos Olímpicos del 2016 harán para Brasil en materia de inversión lo que los de Beijing en 2008 hicieron para China.
Si a todo esto sumamos una actitud empresarial con un nivel de autoconfianza, agresividad y deseo por demostrar porque “Brasil es la cosa más linda del mundo”, da por resultado el momento que este país vive.
Claro está, las bases macroeconómicas sentadas por el presidente Cardoso y respetadas por el presidente Lula permitieron solidificar el cimiento para posicionar al país en el sendero actual.
Por supuesto que no se puede cantar victoria. Brasil tiene enormes retos económicos, políticos y, sobre todo, sociales. El camino hacia delante no es fácil. Más aún, los retos a los que se está enfrentando debido a este éxito lo obligan a manejar la situación actual con mucho cuidado. Pero hoy están ahí por méritos propios y no a expensas de ningún país.
México debe encontrar nuevamente sus propios méritos. Los tuvimos durante los últimos 15 años pero el mundo cambió. Debemos de gastar nuestra energía reinventándonos en todos los sentidos, pero no cuestionando si las inversiones no llegan a nuestro país porque se siguen hacia Brasil. Sin duda alguna, hay espacio para ambos países en el tablero de los negocios globales. Nos toca hacer nuestra tarea.
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*Edmundo Vallejo Venegas es profesor del Área de Política de Empresa en IPADE Business School.