22 de octubre de 2009
Por Edmundo Vallejo Venegas*
Miramos a otros países con envidia, olvidando que también hemos tenido nuestros buenos momentos a lo largo de los años. Es hora de trabajar nuevamente para que esos buenos momentos regresen, pero esta vez depende de nosotros.
Si hiciéramos un ejercicio de memoria, mirando hacia los últimos 20 años, veríamos unos ciclos muy interesantes que valen la pena recordar.
Iniciaba la década de los 90 y nos reponíamos de la tradicional crisis sexenal. Sin embargo, a diferencia de otros años, algo interesante comenzaba a percibirse fuera de México, en particular en los Estados Unidos.
El nombre de nuestro país se escuchaba como un jugador potencial en el tablero de los negocios globales. Llámenle políticas macroeconómicas, apertura comercial, mercadotecnia, liderazgo, o simplemente timing pero la realidad es que el nombre de México se comenzaba a escuchar con mayor frecuencia en el mundo de los negocios. Y en esto llegó diciembre del 94: una crisis más.
Ésta ahuyentó inversiones programadas por obvias razones. Sin embargo, muchas otras empresas multinacionales juzgaron que la combinación del recién firmado TLC con un peso depreciado ofrecía la solución ideal, rápida y segura a sus problemas de productividad. Y paulatinamente comenzaron a migrar sus operaciones hacia México, proceso que tomó algunos años a mediados de los 90.
El “milagro mexicano”, le llamaban en algunos círculos académicos en el mundo, y el caso de nuestro país era estudiado en las escuelas de negocios. Inversiones muy importantes en varias ramas como la automotriz, la maquiladora y el nacimiento del “valle del silicón” en Guadalajara tuvieron lugar. La planta industrial creció considerablemente. La pesadilla de los gerentes de las plantas era la muy alta rotación de personal: más puestos de trabajo que mano de obra disponible.
Durante la segunda mitad de la década no solo continuó la migración de operaciones provenientes de otros países y apertura de nuevas plantas sino que además éstas comenzaron a presionar a sus propios proveedores ubicados en Estados Unidos para relocalizar sus plantas en México y así generar los mismos ahorros en productividad que estas empresas estaban logrando.
Promotores mexicanos de inversión, tanto del sector privado como público visitaban las casas matrices de las multinacionales para explicar por qué deberían acelerar sus inversiones en México.
En algunos lugares del país las oportunidades parecían que caían por “gravedad”. Hubo incluso “ilusos” que soñaban con desarrollar también la industria aeroespacial en México --¡háganme favor!--. Hoy, por cierto, el sueño de esos visionarios está convirtiéndose ya en una realidad.
Y éramos la envidia de otros países.
Pero llegó el año 2000 y el mundo dejóde crecer. La recesión global, la crisis del dotcom, y los escándalos corporativos, entre otros obstáculos, frenaron el crecimiento de la gran mayoría de las economías del mundo.
Es en este marco que aparece China en el mapa global como uno de los pocos países con crecimiento y, sin duda, el de mayor potencial.
China, hábilmente, exigió a aquellas empresas globales que querían aprovechar las oportunidades que su mercado brindaba a invertir en ese país. Las empresas, al analizar los números para justificar las nuevas inversiones, descubrieron que México --¡ups!-- se había hecho demasiado caro en unos cuantos años.
Cuando se trataba de comparar China con México, con excepción del renglón de transporte, dada su ubicación con respecto al mercado americano, nuestro país perdía en prácticamente todos los rubros: costos de mano de obra, servicios, costo de materia primas, energía, etc.
Fueron años turbulentos en materia de crecimiento industrial: consolidaciones, cierres de plantas, despidos masivos. Es aquí cuando se hace evidente la gran limitante de México que nos impide crecer a los niveles que necesitamos y que venimos arrastrando desde entonces: la falta de competitividad.
Sin embargo, surgieron dos situaciones, en paralelo, a resaltar:
- El mercado doméstico, producto de la estabilidad macroeconómica, se convirtió en un atractivo muy importante para varios sectores como el de servicios financieros y el de bienes de consumo, entre otros. "Cuando pienses en México piensa en su mercado doméstico, y no sólo en su plataforma industrial", explicaban los promotores de México, con razón. Y las inversiones continuaron.
- Una reconversión de la planta manufacturera alejándose de productos intensivos en mano de obra, que poco podían hacer compitiendo con China, hacia productos de mayor valor agregado.
Esta combinación atrajo nuevamente inversiones a México. Casos muy exitosos tomaron forma como la consolidación del área de desarrollo de tecnología en Querétaro, en donde hoy se encuentran ubicados varios centros de desarrollo de tecnología e ingeniería de empresas mexicanas y extranjeras.
Al mismo tiempo, lo que parecía ser un sueño de los ingenieros de proyectos a nivel global —avanzar en los desarrollos de tecnología sin detenerse las 24 horas, la mitad del día desde el mundo occidental y la otra mitad en Asia— comenzó a mostrar sus limitaciones: el uso horario era importante y desarrollar tecnología en "líneas de producción sin fin" tenía límites. México volvía a mostrar los beneficios de su localización geográfica, esta vez en materia de uso horario.
Finalmente llegó el año 2008 con la crisis financiera mundial que nos afecta el día de hoy, no sólo desde el punto de vista económico, reflejado en el enorme decrecimiento de la economía y la nula generación de empleo, pero quizá tan importante como todo esto, desde el punto de vista emocional, reflejando una actitud de pesimismo evidente en la gran mayoría de las conversaciones, presentaciones de negocios y discusiones formales e informales.
Hoy vemos con recelo aquellos países que están creciendo y que antes nos veían con envidia.
Es muy cierto. La solución no está a la vista en el corto plazo. Definitivamente no está en la exportación de productos locales como en años anteriores, ya que los mercados externos, y en particular el de los EUA, nuestro socio comercial más importante, continuará deprimido por un periodo de tiempo relativamente largo.
El mercado doméstico se ha contraído y el desempleo ha crecido de manera alarmante. Las fuentes tradicionales de entrada de dólares al mercado mexicano como son el petróleo, el turismo y las remesas, además de la inversión extranjera pasan por un momento muy complicado por razones que todos conocemos.
Las inversiones en infraestructura como medida contracíclica, pregonado por la gran mayoría de los gobiernos del mundo, se mueven a pasos de tortuga.
Esto significa que por primera vez en muchos años la solución depende de nosotros mismos. La solución no vendrá de fuera como en ciclos anteriores, ciertamente durante los últimos 20 años. Sentarse a replantear y reconocer nuestros roles como líderes, emprendedores, visionarios e innovadores es hoy más importante que nunca.
Quizá éste puede ser el único beneficio de la crisis actual: obligarnos a reinventarnos como líderes dentro del pequeño o gran espacio de influencia en el que nos movemos. Es momento de buscar ese talento que hoy está disponible en los mercados para desarrollar con ellos nuevos modelos de negocio.
De aprovechar los “huecos” en las cadenas de valor que empresas más grandes están dejando, al buscar ellas mismas reinventarse, para así explotar las oportunidades de negocio que esto conlleva.
Es momento de echar a andar la imaginación para crear nuevos productos y servicios que satisfagan las necesidades de los mercados existentes y nuevos. Para aquellos con capital para apoyar la creatividad y el empuje natural de los emprendedores es el momento de hacerlo. La solución esta vez no vendrá de fuera, ni será dictada por alguien más. Esta es la realidad. Para bien ó para mal esta vez depende de nosotros.
Podemos ser nuevamente la envidia de otros. Comienza hoy. Esta vez depende de nosotros.
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* El autor es Profesor de Política de Empresa en IPADE Business School.